El Sonido Del Violín - Margarita Rivas

Qué difícil me resulta hablar de mi padre, pertenece a esos rincones del alma que están custodiados por siete llaves donde nadie puede acceder. Ni siquiera yo misma. Cuando era pequeña y las demás niñas hablaban de sus papás, yo  me callaba y no decía nada, mis compañeras del cole pensaban que no tenía papa, porque nunca hablaba de él. Suponía que el resto de los padres, debían ser más o menos como el mío, hasta que me di cuenta que no era así.

Quizás esa es la razón por la que he borrado casi todos los recuerdos de la infancia, es el proceso natural de una memoria selectiva y las corazas que se han instalado en mi alma. Crecer con una mordaz falta de cariño, te deja un gran vacío emocional. Sin embargo, hay algo que ha permanecido nítidamente vivo: el sonido del violín. Mi padre los fines de semana, cuando no tenía que ir a trabajar, se levantaba muy temprano y tocaba el violín. Las notas musicales que sacaba de aquel maravilloso instrumento se integraban en mis sueños infantiles, hasta que me despertaba y me levantaba rápidamente para escucharlo mejor. Mi madre, una vez nos contó, que había aprendido a tocar de oído, algo sorprendente.


Cuando mi padre no estaba en casa, mis hermanos y yo cogíamos el violín para jugar, sometiéndole a todo tipo de vejaciones. Introducíamos el arco entre las cuerdas y lo arrastrábamos por el pasillo como si fuera un cochecito. Cada vez que me asalta esa imagen, me estremezco de los horrores que le propiciamos a un instrumento tan delicado. Estábamos completamente asalvajados.

A medida que íbamos creciendo, mi padre se fue dando más a la bebida y menos al violín. El pobre, después de haber sufrido todo tipo de torturas de nuestras manos infantiles, terminó descansando en paz en el altillo de un armario. Mi padre nunca más lo volvió a tocar y nos olvidamos por completo de él. Pasaron muchos años y cuando mi padre murió, justo ante de vender la casa, mientras ordenaba los armarios, el viejo violín cayó en mis manos. Recordaba aquel maravilloso sonido, brillante, expresivo y las deliciosas  sensaciones que me producía. Me vino la imagen de mi padre con la barbilla apoyada sobre la madera de color naranja marrón. Aún conservaba su belleza a pesar del maltrato que había recibido. Lo acaricié con delicadeza, sintiendo su suavidad en mis dedos y ese olor a madera y barniz tan particular que me transportaba a la infancia. Probablemente su sonido fue el estímulo que abrió mi corazón al amor por la música.

Lo miré detenidamente para despedirme, pensando cuál sería su destino. Pero algo llamó mi atención. A través de las Efes, vi en el interior una leyenda en la que nunca había reparado; una etiqueta que ponía: Stradivarius.


Habíamos tenido guardado en casa, olvidado en un armario, un auténtico tesoro. Quizás la razón de que sus notas se instalaran en mi corazón, ya que nadie en el mundo había podido igualar el sonido de un Stradivarius. Sea por la madera, por el tamaño de los agujeros en EFE o por el barniz, lo cierto es que nadie había conseguido igualarlo.

Entonces comprendí cuál era la herencia de mi padre. Quizás no me dejara amor (o al menos yo no lo sentí) pero me dejó el amor por la música.

Origen del relato:

Con ocasión del día del padre, Gloria nos propone  construir un relato sobre nuestro padre.

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