Regreso a casa

Aeropuerto de Bengazi, Libia. Seis de la mañana en un fría y destartalada sala de espera. Aguardo impaciente la respuesta afirmativa a si hoy volaré de regreso a España, después de tres días y siete visitas en falso al aeropuerto, donde las malditas listas de espera no atinan nunca a sacar mi bola ganadora. Mi buen amigo Moataz sufre tanto o más que yo el calvario que supone entrar o salir de un país sumido en el caos y la desesperación. A fin de cuentas, él hace de improvisado chófer y cicerone en mis habituales estancias en el país norteafricano y, ya que el inglés no es muy habitual por estas tierras, sus labores de traductor se hacen impagables para mí, pese a que ya me atrevo a pedir café, saludar a mis anfitriones o mandarlos a tomar por el saco, cuando surge la ocasión, en lengua árabe.

Es Moataz quien una y otra vez porfía con los responsables del aeropuerto por conseguir un asiento que me saque del desgobierno en el que está sumido el país. Por más dinero que ofrezcas, visados de entrada a Europa o una botella de Grey Goose en mi próxima visita, resulta desesperante ver cómo una y otra vez rechazan mis propuestas.

Hoy parece que va a haber suerte. Khaled, un enjuto soldado ataviado con unas roñosas chanclas, me ha introducido en una lista en la que teóricamente no me correspondía estar hasta dentro de doce días. Y todo a cambio de 60 dinares en datos de internet. Tan ridículo como hilarante. Tan triste como mezquino.

Atravieso el detector de metales. Siempre pita pero a nadie le importa, no deja de ser una paradoja en un país que está en guerra y todo el mundo va armado. En un rincón hay un carromato donde se apilan las maletas que alguien se encarga de recoger para llevarlas a la bodega.

Mientras espero en pista al autobús que me conducirá al avión, tu imagen se instala cómodamente en mí y puedo sentir tus dedos recorriendo mi espalda. Más de un mes metido en este infierno y tu recuerdo es lo único amable que me acompaña.

Tan sólo habíamos hablado un par de días antes de nuestro encuentro y ya me habías cautivado. Aguardaba impaciente en la barra del restaurante con los nervios de un adolescente, nuestra primera cita. Cuando te vi entrar con tu melena suelta, los labios rojos y ese vestido vaporoso de lunares blancos que me recordaba a Julia Roberts en la película Pretty Woman, pensé que eras la mujer de mi vida.

Bajo el embrujo de tus besos y de los cielos de Madrid, te pedí que te casaras conmigo. Yo, que había jurado no volver a casarme nunca.
Que no se acabe la noche, que no se apague tu luz.

Estoy cansado, muy cansado, sólo quiero volar junto a ti y olvidarme, aunque sólo sea por un tiempo, de esta locura de ciudad; donde todo el mundo tira las basuras en plena calle y el servicio de limpieza lleva nueve meses de huelga por no percibir sus salarios. La vía pública es un estercolero donde los niños juegan con ratas como gatos sin ningún remilgo. Una ciudad donde el riesgo de que explote un coche bomba es algo morbosamente rutinario. Las alcantarillas son tubos embozados por los que no cabe ni el aire sofocante del desierto. Un lugar bullicioso hasta que te sobrecoge el silencio sepulcral producido por el vuelo de un caza de combate. Silbido de muerte. La mirada de la gente tiene el oscuro brillo de la venganza, del odio, del miedo. Una ciudad en la que se cierne el frío yugo del riesgo de morir tiroteado por un lunático cargado de odio y anfetaminas que, por azar, se cruza con cualquiera ese día al grito de: Alá es grande.


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No sé si habrá valido la pena, pero pronto estaré contigo, mi amor. Quiero olvidarme de esta pesadilla. Ya no quiero separarme nunca más de ti.

Arrancan los motores, vamos a despegar, tengo que apagar el móvil y te mando mi último mensaje. Escucho el tic tac de mi corazón acelerado.
Un estruendo insoportable me atraviesa los tímpanos y de pronto se ciñó sobe mi la oscuridad más absoluta.




El origen del relato:

La profesora nos propone de deberes trabajar en el relato el tiempo real y el tiempo subjetivo.

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