Cruce de caminos

Llevaba varias horas caminado y empezaba a cansarme. Un sol abrasador y en su punto más alto, me torturaba de manera implacable. Demasiado tiempo estática, sin moverme y eso, unido a mi constitución, no me habían proporcionado precisamente, alas en las patas.  Cuando llegué a aquella solitaria esquina, entré en pánico y me asaltó una tremenda duda. ¿Ahora qué hago?, ¿hacia dónde me dirijo?...

Me encontraba frente a un cruce de caminos y no sabía cuál elegir. En realidad lo que yo quería, era conocer el mar.  Había oído hablar de él tantas veces a Felisa, mi dueña, que  me dije – allá voy -, pero no tenía ni la menor idea de por dónde se iba. No era fácil orientarse siendo una mesilla, sobre todo si tu universo se había limitado a las cuatro paredes de un dormitorio durante tantos años.  Pero yo quería saber qué había afuera, seguro que había cosas estupendas que descubrir. Hasta ahora, lo más emocionante que había visto fue durante el trayecto del camión de reparto, que me llevó de la tienda a la casa que, hasta ahora, había sido mi hogar.

Sea como fuere, tenía que tomar una decisión. Ahora que Felisa ya no estaba, prefería lanzarme a la aventura (no sé muy bien hacia dónde) antes que quedarme a esperar un incierto y más que probable triste final. Seguramente los salvajes de los nietos de Felisa, locos como estaban porque muriera mi dueña, venderían la casa, y habrían hecho una pira conmigo y con el resto de mis amigos

Mis compañeros de cuarto, tanto el cabecero, que era un gran amigo mío, con el que había compartido tantos momentos de alegría y de tristeza,  y el aparador, me dijeron que estaba loca de atar, que no iba a sobrevivir a un mundo hostil y que no estaba preparada para soportarlo,  pero yo, desoyendo sus consejos, tenía que intentarlo antes que caer en manos de unos desalmados. Aún siento escalofríos cuando recuerdo como decían con desprecio a Felisa. “Abuela: ¿por qué no tiras esa mierda de muebles y redecoras tu vida? … “Mierda de muebles” – habrase visto – si yo estaba hecha de caoba de la mejor calidad. Menudos niñatos insoportables.  Menos mal que a Felisa no le importaban sus ridículos comentarios. 

Cuando decidí partir, el primer obstáculo me lo encontré  nada más salir por la puerta. Menuda odisea fue bajar las escaleras desde el cuarto piso. A punto estuve de romperme la crisma o las patas como poco, tampoco soy ya ninguna jovenzuela.
margarita rivas - cruce de caminos

Felisa y yo llevábamos toda una vida juntas, 70 años para ser exactos. Su padre le había regalado para sus esponsales, el dormitorio completo conmigo dentro. Desde el primer día, había visto desfilar por mis entrañas, todo tipo de pequeños objetos de lo más variopinto: ropa interior, camisones, monedas, un pañuelo bordado con sus iniciales, condones, fotografías, cartas.  A medida que iba pasando el tiempo, cambiaba el decorado de mi interior: chupetes, termómetros, apiretales y algún que otro pañal cuando nacieron los gemelos. Pastillas para dormir, medicinas, una pequeña radio que sonaba a todas horas, estampitas de la virgen y hasta un rosario cuando Felisa enviudó.

Ella siempre me había tratado bien, con  cariño y mimo, por eso yo relucía orgullosa como si fuera nueva. Limpiaba cuidadosamente mi superficie e incluso ponía un pañito debajo del vaso de agua que solía tener para que no dañara mi piel de madera.

Pero bueno todo eso formaba ya parte del pasado, yo quería conocer mundo y ahora mismo estaba desorientada en un cruce de caminos que no sabía hacia donde me llevarían. Por lo pronto me iba a tomar un pequeño descanso y cobijarme de este sol de justicia.  Precisamente ahí, en esas sombras que veo, después ya se me ocurriría algo, ya pensaría qué hacer.

No hay comentarios

Ponte en Contacto

Entrevistas

Margarita Rivas: Bróker y Escritora

Lo Más Comentado

Poesía en Audio